De las aulas de arte a dominar los negocios: Cómo Alejandro Cajas se convirtió en uno de los mejores fotógrafos y empresario de Quito.

Hay un momento exacto en la vida de todo creador y empresario en el que el arte deja de ser solo una expresión para convertirse en una cuestión de supervivencia, estrategia y visión empresarial. Mi nombre es Alejandro Cajas, y esta no es la historia típica del fotógrafo que nació con un equipo de alta gama al cuello. Esta es la historia de cómo una cámara vieja, un visor dañado y una serie de golpes brutales de la vida me obligaron a transformar una pasión visual en un motor de negocios implacable.

Todo comenzó en la universidad, estudiando artes visuales. En medio de pasillos y lienzos, tuve mi primer encuentro real con una cámara: una vieja Sony semi profesional de la universidad con el visor dañado. No importaba que estuviera rota; por primera vez tenía en mis manos la capacidad de capturar el mundo con otra calidad. Sin embargo, lo que realmente me voló la cabeza no fue el disparo en sí, sino el momento posterior: abrir un programa de edición y descubrir que podía alterar la realidad. Sentí que había encontrado algo mágico, un superpoder.

Empecé a hacer exposiciones de arte mientras cursaba la carrera, pero la realidad económica golpea rápido. Para moverme en el mundo real necesitaba dinero. Como nunca se me hizo difícil usar una cámara ni editar, conseguí hacer horas de prácticas en un estudio de fotografía. ¿El pago? Un promedio de 25 centavos por foto.

Muchos lo habrían considerado una burla, pero yo estaba feliz. Tenía un espacio para seguir aprendiendo y, por mínimo que fuera el cheque, mi primera cámara semi profesional ya me estaba brindando un retorno de inversión. Estaba haciendo dinero con lo que amaba.

Los primeros tropiezos: El costo de aprender a golpes

primer estudio de Alejandro Cajas, Quito

Como en toda carrera real, los altos y bajos llegaron de inmediato. Al principio, mi día a día era un rompecabezas de supervivencia: un día hacía una sesión de fotos, al día siguiente ayudaba a entregar muebles, y el tercero colaboraba en trabajos sencillos de construcción. Todo valía con tal de seguir invirtiendo en mi equipo.

Un año después de salir de la universidad, reuní el presupuesto para montar mi primer estudio de fotografía. Era mi gran salto al mundo formal, pero pagué caras las novatadas. Al cabo de un año, la realidad financiera me obligó a cerrar. Fue un golpe devastador, pero de ahí saqué lo único valioso que importaba: clientes reales y contactos que me abrieron las puertas para trabajar con florícolas, marcas y proyectos que me permitieron seguir mejorando mi equipo.

No me detuve. Volví a reunir capital, me asocié con un amigo y alquilamos una oficina compartida, pensando que habíamos eliminado el mayor dolor de cabeza: el gasto fijo de un alquiler sin importar si había clientes. Un año después, la historia se repitió, pero esta vez con un factor global imprevisto: la pandemia golpeó todos los mercados y la fotografía pasó a un segundo plano absoluto.

La necesidad extrema: Cuando no te queda otra opción

La pandemia no me iba a destruir, pero me dejó una lección clara: la diversificación de ingresos ya no era una opción, era una obligación. Con dinero ahorrado tras vender bandejas de aluminio para desinfección y otros trabajos improvisados, decidí pagar cursos y educarme en crecimiento personal y finanzas.

Me di cuenta de una verdad incómoda: la fotografía estaba haciendo por otros lo que yo no estaba haciendo por mi propio negocio. Estaba ayudando a vender, posicionar y rentabilizar marcas ajenas, mientras mi propia publicidad era deficiente. Al activar mis redes sociales, conseguí nuevos encargos, y al diversificar, empecé a producir para cuentas de stock, vendiendo imágenes dentro y fuera del país.

Y justo cuando las cosas empezaban a estabilizarse, la vida me sacudió de nuevo. Mi padre falleció en un accidente de tráfico en 2023. Lo que siguió fue una pesadilla kafkiana: problemas legales con la que era la esposa de mi padre en ese momento, denuncias falsas de la señora, abogados intentando chantajearme y deudas acumuladas por la casa. Sentía que el agua me cubría la cabeza.

En los momentos más oscuros es donde entiendes realmente a qué se refieren los libros de éxito: el triunfo no depende de la suerte, sino de cuánto eres capaz de resistir y seguir avanzando cuando todo te golpea el rostro.

Para salir del hueco, me obligué a buscar ingresos inmediatos. Saqué otra deuda, compré un auto pequeño y empecé a trabajar en Uber desde las 5:00 a.m. hasta las 7:00 p.m., haciendo una pausa al mediodía para comer, y combinándolo con producciones y sesiones fotográficas que me daban mayor rentabilidad. Ese ritmo frenético me sacó de deudas, aunque me cobró factura médica. Pero valió la pena: salí adelante y pagué cada centavo.

La cámara como un arma: Nunca te rindas

Algo se rompió en mí tras esa prueba extrema. Descubrí que la necesidad absoluta te despoja del miedo; te enseña que no eres consciente de todo lo que eres capaz de lograr hasta que la única opción que te queda es avanzar.

Aunque Uber terminó bloqueando mi cuenta sin explicaciones, yo ya era otro. Con más herramientas financieras y un control milimétrico de mi flujo de caja, redirigí el juego. La fotografía nunca se fue de mi lado; seguía siendo el cimiento invisible de todo.

Hoy, con la mente enfocada en construir activos, diversifiqué hacia ingresos pasivos y de portafolio, adentrándome en el alquiler de bienes raíces. Y, cerrando el círculo, aproveché esa misma industria para ofrecer servicios especializados de fotografía y video para la venta de departamentos y anfitriones de Airbnb.

La fotografía resultó ser una herramienta infinitamente poderosa. La cámara de fotos no es solo un aparato para capturar momentos; es un arma esperando a ser disparada para construir imperios, transformar negocios y reescribir tu propia historia.

El éxito no es para el que nunca se cae, sino para el que está dispuesto a soportar los golpes más duros de la vida sin rendirse jamás. Esa es la verdadera clave.

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